
Porque sólo así se puede entender la sonrisa que se dibuja al recordar el anochecer sobre Ayamonte. O el paseo por la calle Betis sintiendo el frío en la cara y los reflejos en la acera. El sabor de ese pulpo junto al arco del Postigo. El tacto de esa piel cruzando los destellos perdidos en la avenida de Cádiz. Las risas borrachas de nachos del Flaherty o de la oscuridad del Lampi. O quizás de los pistachos del Tribal. Esos recorridos de lenguas ocultas por la oscuridad de la noche. Esos botones que se desabrochan al son de los besos. Ese pelo que se mueve de adelante atrás y de atrás adelante. Esos intermitentes que brillan en el Mercado de la Carne. O esas faldas que bailan al entrar en el May Tay. Cabezas apoyadas en ombligos que sueñan con ser dedos y acariciar cuellos. Esos instantes que se quedan marcados en la piel a fuerza de querer ser compañeros de viaje. Ese eco de la noche que devuelve un "Marta" con un "Manu", y que cuando, se cansa, cambia el orden.
La vida ha sido jodidamente buena conmigo en este sentido. Con nosotros, que diría esa coprotagonista de los sueños hechos verdad a la sombra de los latidos del corazón. Y mientras sigue sonando la canción.
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Laín Coubert
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Laín Coubert